La experiencia no es antigüedad: es criterio acumulado

Existe una diferencia importante entre llevar muchos años en una industria y haber aprendido realmente de esos años.

El tiempo, por sí solo, no garantiza conocimiento.

Podemos repetir una misma forma de trabajar durante décadas y acumular antigüedad.

O podemos utilizar cada etapa, cada cambio, cada acierto y cada error para desarrollar algo mucho más valioso:

criterio.

Después de muchos años trabajando en turismo, considero que esa es una de las principales ventajas que puede aportar la experiencia.

No saber exactamente qué ocurrirá.

Sino reconocer mejor qué preguntas debemos hacernos cuando el escenario cambia.

El turismo obliga a aprender constantemente

Pocas industrias permanecen estáticas durante demasiado tiempo.

El turismo mucho menos.

Cambian los viajeros.

Cambian las aerolíneas.

Cambian los canales de distribución.

Cambian los destinos.

Cambian las tecnologías.

Cambian las expectativas.

Cambian las condiciones económicas.

Y, de vez en cuando, aparecen acontecimientos que obligan a replantear prácticamente toda la operación.

Por eso, trabajar durante años en esta industria no debería llevarnos a pensar:

“Ya sabemos cómo funciona”.

Debería llevarnos a comprender exactamente lo contrario:

sabemos que volverá a cambiar.

La experiencia no debería generar comodidad.

Debería mejorar nuestra capacidad de adaptación.

La experiencia permite reconocer patrones

Cada situación es diferente.

Pero muchas situaciones contienen elementos que ya hemos visto antes.

Un mercado que comienza a desacelerarse.

Un producto que gana rápidamente popularidad.

Una relación comercial que empieza a deteriorarse.

Un equipo que está creciendo más rápido que sus procesos.

Una oportunidad que parece extraordinaria, pero presenta señales de riesgo.

La experiencia ayuda a reconocer esos patrones.

No para asumir que el pasado se repetirá exactamente.

Sino para formular mejores preguntas.

¿Qué ocurrió la última vez que vimos algo parecido?

¿Qué señales ignoramos?

¿Qué funcionó?

¿Qué no funcionó?

¿Qué ha cambiado desde entonces?

La memoria empresarial tiene valor cuando sirve para interpretar el presente.

También enseña a desconfiar de las certezas

Con los años uno descubre algo importante:

muchas decisiones que parecían obvias no lo eran.

Un producto que parecía garantizar éxito puede no funcionar.

Un mercado aparentemente pequeño puede convertirse en una gran oportunidad.

Una decisión difícil puede terminar siendo la correcta.

Y una estrategia que funcionó perfectamente durante años puede dejar de funcionar casi de un día para otro.

Por eso, la experiencia debería generar menos arrogancia y más capacidad para cuestionar.

No asumir que porque algo funcionó antes seguirá funcionando.

No confundir trayectoria con infalibilidad.

Y mantener la disposición para escuchar a quienes están viendo el mercado desde una perspectiva diferente.

Los errores bien analizados también construyen criterio

Existe una tendencia natural a hablar más de los éxitos.

Las buenas decisiones.

Los resultados positivos.

Las oportunidades aprovechadas.

Pero algunas de las lecciones más importantes de una trayectoria empresarial nacen precisamente de aquello que no salió como esperábamos.

Una mala lectura.

Una decisión tomada demasiado pronto.

Una oportunidad que dejamos pasar.

Un crecimiento que generó más presión de la prevista.

Una contratación equivocada.

Un proceso que debimos cambiar antes.

El error solamente genera experiencia cuando se analiza.

¿Qué no vimos?

¿Qué deberíamos haber preguntado?

¿Qué información faltaba?

¿Qué comportamiento debemos cambiar?

Sin esa reflexión, el error simplemente se repite.

Con ella, se convierte en criterio.

El criterio permite decidir con menos información perfecta

En los negocios rara vez tenemos toda la información que quisiéramos.

Y en turismo esto es especialmente evidente.

Muchas decisiones deben tomarse mientras el escenario sigue cambiando.

Esperar demasiado también tiene un costo.

La experiencia ayuda a comprender cuándo debemos seguir analizando y cuándo ha llegado el momento de decidir.

No porque conozcamos el futuro.

Sino porque hemos aprendido a distinguir qué variables son realmente importantes.

Eso permite reducir ruido.

Separar lo urgente de lo importante.

Identificar riesgos.

Y actuar con mayor serenidad.

Tener experiencia no significa hacerlo todo personalmente

Existe otra lección que aparece con el tiempo.

Al comienzo de una empresa, el conocimiento suele estar muy concentrado.

Quien tiene más experiencia resuelve más.

Decide más.

Supervisa más.

Pero si esa experiencia nunca se transfiere, termina convirtiéndose en una dependencia.

El verdadero valor del conocimiento acumulado aparece cuando puede compartirse.

Con el equipo.

Con nuevos líderes.

Con nuevas generaciones de profesionales.

A través de procesos.

Conversaciones.

Capacitaciones.

Errores compartidos.

Preguntas.

Decisiones.

La experiencia individual se convierte en una ventaja empresarial cuando deja de pertenecer únicamente a una persona.

Una trayectoria también se construye con relaciones

En turismo, gran parte de la experiencia está vinculada a personas.

Agencias.

Proveedores.

Operadores.

Destinos.

Partners.

Equipos.

Clientes.

Con los años, uno aprende que las relaciones tienen memoria.

Las personas recuerdan quién respondió.

Quién cumplió.

Quién estuvo presente cuando apareció una dificultad.

Quién mantuvo su palabra.

Y también recuerdan lo contrario.

Por eso, la trayectoria comercial no debería medirse únicamente en operaciones.

También en relaciones que pudieron mantenerse durante años.

Ese capital relacional es difícil de construir rápidamente.

Y puede convertirse en una de las fortalezas más importantes de una empresa.

La experiencia también permite entender qué no cambiar

Hablar de evolución no significa asumir que todo debe transformarse.

Algunas cosas deberían cambiar constantemente.

Herramientas.

Procesos.

Tecnología.

Modelos comerciales.

Formas de comunicarnos.

Pero otras necesitan mayor estabilidad.

La palabra.

La responsabilidad.

La transparencia.

La calidad del servicio.

El respeto por las relaciones.

Una de las funciones del liderazgo consiste precisamente en distinguir:

qué debemos transformar

y

qué principios debemos proteger mientras transformamos todo lo demás.

La experiencia ayuda a comprender esa diferencia.

Cada generación ve oportunidades diferentes

También he aprendido que la experiencia necesita complementarse con perspectivas nuevas.

Quienes llevan muchos años en una industria poseen contexto.

Quienes están comenzando pueden observar cosas que nosotros hemos normalizado.

Nuevas tecnologías.

Nuevos hábitos.

Nuevas formas de comunicar.

Nuevas expectativas.

Por eso, una organización sólida necesita ambas cosas.

Experiencia que aporte perspectiva.

Y nuevas generaciones que cuestionen supuestos.

El conocimiento no debería utilizarse para decir:

“Siempre se ha hecho así”.

Debería utilizarse para explicar:

“Esto aprendimos hasta ahora. Veamos qué debemos hacer diferente hacia adelante”.

La experiencia sin curiosidad puede convertirse en una limitación

Este es quizá uno de los mayores riesgos de cualquier trayectoria larga.

Pensar que sabemos demasiado para seguir aprendiendo.

La realidad es que mientras más cambia una industria, más importante se vuelve mantener la curiosidad.

¿Qué están haciendo otros mercados?

¿Cómo está comprando la nueva generación?

¿Qué herramientas están transformando nuestra operación?

¿Qué expectativas están apareciendo?

¿Qué modelo puede dejar de ser relevante?

¿Qué podríamos hacer mejor?

La experiencia tiene más valor cuando convive con preguntas.

No cuando las elimina.

De conocimiento acumulado a capacidad institucional

Una empresa que lleva años en el mercado posee un activo potencial enorme:

su memoria.

Pero esa memoria debe organizarse.

Qué aprendimos de nuestros clientes.

Qué sabemos de determinados destinos.

Qué relaciones construimos.

Qué decisiones funcionaron.

Qué errores no queremos repetir.

Qué procesos demostraron ser sólidos.

Qué valores queremos mantener.

Cuando todo eso puede convertirse en conocimiento accesible para otras personas, la trayectoria deja de ser únicamente historia.

Se convierte en infraestructura empresarial.

Los años no deberían hacernos más lentos

Existe otra percepción frecuente.

Que una empresa con mucha trayectoria necesariamente tiene mayor dificultad para cambiar.

No debería ser así.

En realidad, una buena trayectoria debería permitirnos adaptarnos mejor.

Porque ya hemos atravesado cambios antes.

Sabemos que ningún escenario dura para siempre.

Que los mercados evolucionan.

Que los modelos necesitan revisarse.

Y que la estabilidad no significa inmovilidad.

La verdadera experiencia debería permitir cambiar con mayor criterio.

No resistirse al cambio.

El mercado cambia, los principios pueden permanecer

Esta combinación entre evolución y continuidad me parece especialmente importante.

Podemos incorporar nuevas herramientas sin abandonar nuestra forma de relacionarnos.

Podemos modernizar procesos manteniendo la responsabilidad.

Podemos desarrollar nuevos productos sin perder el conocimiento adquirido.

Podemos cambiar de estrategia sin abandonar nuestra visión de largo plazo.

Las empresas que consiguen hacer ambas cosas tienen una ventaja.

Evolucionan sin perder identidad.

La trayectoria no debería utilizarse como argumento de autoridad

Decir:

“Llevamos muchos años en el mercado”

puede transmitir estabilidad.

Pero no debería ser suficiente.

La pregunta relevante es:

¿Qué aprendimos durante esos años y cómo beneficia hoy a quienes trabajan con nosotros?

¿Respondemos mejor?

¿Conocemos mejor el mercado?

¿Tenemos relaciones más profundas?

¿Formamos mejores profesionales?

¿Podemos anticipar más riesgos?

¿Tomamos mejores decisiones?

¿Generamos más confianza?

Si los años no producen alguna de estas capacidades, la trayectoria tiene un valor limitado.

La experiencia debe poder verse en las decisiones

Al final, el verdadero resultado de la trayectoria no debería estar únicamente en una fecha de fundación.

Debería observarse en cómo trabaja una organización.

En cómo decide.

En cómo responde.

En cómo cuida relaciones.

En la calidad de sus preguntas.

En la serenidad frente a situaciones complejas.

En la capacidad para reconocer cuándo debe cambiar.

Y en la humildad para comprender cuándo todavía necesita aprender.

Porque experiencia no significa haberlo visto todo.

Significa haber visto suficiente para saber que nunca debemos dejar de observar.

El criterio como verdadero resultado de los años

Una trayectoria larga puede construir muchas cosas.

Relaciones.

Reputación.

Conocimiento.

Procesos.

Equipos.

Pero creo que existe un resultado que conecta todo lo anterior:

criterio.

El criterio para distinguir una oportunidad de una distracción.

Para identificar cuándo acelerar.

Cuándo esperar.

Cuándo escuchar.

Cuándo cambiar.

Y cuándo defender aquello que no debería negociarse.

Ese criterio no aparece en un manual.

Se construye con decisiones, errores, conversaciones y años de observar una industria en movimiento.

Por eso, la experiencia no debería medirse únicamente por cuánto tiempo hemos estado presentes.

Sino por qué tan bien hemos aprendido a interpretar lo que ese tiempo nos enseñó.


Por: Ignacio Roca
CEO del Holding M&M

Delegar para crecer: el liderazgo que forma nuevos líderes

Una empresa puede crecer durante un tiempo alrededor de la capacidad de una sola persona.

Pero difícilmente puede hacerlo de manera sostenible.

A medida que una organización aumenta su operación, incorpora personas, atiende más clientes y enfrenta decisiones más complejas, llega un momento en que concentrar todas las respuestas en una sola figura deja de ser una fortaleza.

Se convierte en una limitación.

Por eso considero que uno de los cambios más importantes en la evolución de cualquier líder ocurre cuando comprende que su responsabilidad ya no consiste únicamente en tomar buenas decisiones.

También debe desarrollar personas capaces de tomarlas.

Delegar no es simplemente repartir tareas.

Es construir capacidad dentro de la organización.

Delegar no significa abandonar

Existe una diferencia importante entre delegar y desentenderse.

Delegar no consiste en entregar una responsabilidad y desaparecer.

Implica establecer claramente:

qué resultado esperamos;

qué nivel de autonomía existe;

qué recursos están disponibles;

qué decisiones puede tomar la persona;

y cuándo es necesario escalar una situación.

Una buena delegación combina autonomía con claridad.

Cuando únicamente entregamos una tarea sin contexto, estamos transfiriendo trabajo.

Cuando entregamos responsabilidad, contexto y capacidad de decisión, comenzamos a desarrollar liderazgo.

El problema de querer controlar todo

Para muchos líderes, delegar es difícil.

Y existen razones comprensibles.

La experiencia genera confianza en nuestra propia capacidad para resolver.

Sabemos cómo hacer determinadas tareas.

Conocemos la historia de las decisiones.

Hemos cometido errores que nos enseñaron qué evitar.

Por eso, muchas veces resulta más rápido hacerlo nosotros mismos.

El problema es que esa lógica tiene un límite.

Si cada decisión necesita pasar por la misma persona, el crecimiento de la organización termina condicionado por su disponibilidad.

Los equipos esperan.

Los procesos se ralentizan.

Las decisiones se acumulan.

Y el líder se convierte, sin intención, en un cuello de botella.

Lo que inicialmente parecía control termina reduciendo la capacidad de la empresa.

Crecer exige distribuir responsabilidad

Una organización preparada para crecer necesita múltiples puntos de decisión.

No todas las situaciones requieren la intervención del CEO.

No todas las respuestas deben venir de la dirección.

Cuando existen líderes preparados en distintas áreas, las decisiones pueden tomarse más cerca del lugar donde ocurre el problema.

El equipo comercial comprende mejor ciertas dinámicas del cliente.

Operaciones identifica riesgos que desde dirección pueden no ser evidentes.

Finanzas aporta una perspectiva diferente.

Marketing interpreta otras señales.

Cada área posee conocimiento que debe convertirse en capacidad de decisión.

Delegar permite aprovechar ese conocimiento.

La confianza debe acompañarse de responsabilidad

Delegar exige confianza.

Pero confiar no significa dejar de medir.

Las personas necesitan saber que tienen autonomía, pero también deben comprender que esa autonomía implica responsabilidad.

¿Qué resultado se esperaba?

¿Qué ocurrió?

¿Qué aprendimos?

¿Qué debería hacerse de manera diferente la próxima vez?

Cuando existe esta dinámica, los errores dejan de utilizarse únicamente para señalar culpables y comienzan a convertirse en oportunidades de aprendizaje.

Esto es especialmente importante para formar nuevos líderes.

Porque nadie desarrolla criterio si nunca tiene la posibilidad de decidir.

No podemos pedir criterio si nunca permitimos decidir

En muchas organizaciones se espera que las personas tengan iniciativa.

Que propongan.

Que resuelvan.

Que actúen con autonomía.

Pero al mismo tiempo, cada decisión debe ser aprobada por alguien superior.

Esa contradicción termina debilitando el desarrollo del equipo.

El criterio se forma tomando decisiones.

Evaluando alternativas.

Asumiendo consecuencias.

Reconociendo errores.

Y aprendiendo de ellos.

Un líder puede transmitir experiencia.

Puede orientar.

Puede compartir preguntas.

Pero no puede desarrollar criterio en otra persona si nunca le permite ejercerlo.

Por eso, delegar también significa aceptar que alguien puede resolver una situación de manera diferente a como nosotros lo haríamos.

Diferente no significa necesariamente incorrecto.

Delegar tareas o delegar decisiones

Existe una diferencia fundamental.

Podemos delegar una tarea y seguir tomando todas las decisiones.

O podemos delegar también una parte de la responsabilidad.

En el primer caso, ampliamos capacidad operativa.

En el segundo, comenzamos a desarrollar capacidad de liderazgo.

Ambas formas son necesarias.

Pero una organización que quiere crecer necesita avanzar progresivamente hacia la segunda.

Por supuesto, no todas las decisiones deben descentralizarse.

Existen decisiones estratégicas, financieras o reputacionales que requieren otro nivel de responsabilidad.

La clave está en definir cuáles deben permanecer centralizadas y cuáles pueden tomarse dentro de cada área.

El liderazgo también consiste en hacer buenas preguntas

Cuando alguien del equipo presenta un problema, el impulso natural puede ser entregar inmediatamente la solución.

Pero existe otra posibilidad.

Preguntar.

¿Qué alternativas has considerado?

¿Qué riesgos ves?

¿Qué recomendarías?

¿Qué ocurriría si hacemos lo contrario?

¿Qué información necesitamos?

Estas preguntas obligan a la persona a pensar.

Con el tiempo, esta dinámica desarrolla independencia y criterio.

Un líder que siempre entrega respuestas puede resolver el problema de hoy.

Un líder que enseña a pensar ayuda a construir la capacidad para resolver los problemas de mañana.

Formar líderes requiere permitir errores

Delegar implica aceptar un nivel razonable de error.

Eso no significa normalizar negligencias.

Significa comprender que el aprendizaje real también ocurre cuando una decisión no produce exactamente el resultado esperado.

La responsabilidad del liderazgo está en definir qué errores son aceptables y cuáles representan riesgos que la organización no puede asumir.

No es lo mismo equivocarse en una propuesta interna que tomar una decisión que comprometa gravemente la situación financiera de la empresa.

Por eso, desarrollar líderes requiere espacios progresivos de autonomía.

Primero decisiones de menor impacto.

Después responsabilidades mayores.

Así se construye experiencia.

El éxito de un líder no puede medirse por cuánto depende la empresa de él

Existe una paradoja interesante.

A veces consideramos indispensable a quien concentra más decisiones.

Pero una organización excesivamente dependiente de una persona tiene un riesgo.

El verdadero liderazgo debería producir el efecto contrario.

Equipos preparados.

Procesos claros.

Responsabilidades distribuidas.

Personas capaces de resolver.

Líderes que forman a otros líderes.

La organización debe fortalecerse conforme el liderazgo madura.

No volverse más dependiente.

Delegar también libera al líder para pensar

Existe otro beneficio importante.

Cuando un CEO dedica la mayor parte de su tiempo a resolver situaciones operativas que otros podrían gestionar, deja menos espacio para las responsabilidades que realmente requieren su atención.

Estrategia.

Visión.

Relaciones.

Cultura.

Desarrollo de talento.

Nuevos mercados.

Riesgos de largo plazo.

Delegar no solo desarrolla al equipo.

También permite que el líder pueda ejercer mejor su propio rol.

Una empresa necesita que cada nivel de responsabilidad esté concentrado en aquello donde puede generar mayor valor.

La continuidad depende de los líderes que construimos

Pensar en delegación también es pensar en continuidad.

¿Qué ocurre si una persona clave no está?

¿Puede el equipo continuar?

¿Existe alguien preparado para asumir una responsabilidad mayor?

¿El conocimiento está distribuido o concentrado?

Estas preguntas son importantes para cualquier organización que quiera trascender.

Las empresas sólidas no improvisan nuevos líderes cuando los necesitan.

Los desarrollan antes.

Esto requiere tiempo.

Experiencia.

Confianza.

Errores.

Acompañamiento.

Y oportunidades reales para asumir responsabilidad.

El liderazgo que multiplica

Durante mucho tiempo, dirigir puede sentirse como tener respuestas.

Con los años, creo que la responsabilidad cambia.

El liderazgo comienza a medirse por la capacidad de construir un equipo que pueda avanzar sin necesitar una respuesta nuestra para cada situación.

Eso no disminuye la importancia del líder.

La transforma.

De resolver todo.

A construir capacidad.

De controlar todas las decisiones.

A establecer criterios.

De concentrar conocimiento.

A compartirlo.

De dirigir personas.

A formar nuevos líderes.

Porque una empresa puede crecer por la capacidad de una persona.

Pero solo puede trascender cuando esa capacidad se multiplica.


Por: Ignacio Roca
CEO del Holding M&M

Construir una empresa que trascienda a sus fundadores

Toda empresa comienza, de alguna manera, alrededor de personas.

Una idea.

Una visión.

Una forma de hacer negocios.

Una convicción.

Y durante sus primeras etapas es natural que muchas decisiones dependan directamente de quienes la fundaron.

Ellos conocen la historia.

Las relaciones.

Los clientes.

Los proveedores.

Los riesgos.

Los errores.

Las oportunidades.

Gran parte del conocimiento está concentrado allí.

Pero con el tiempo aparece una pregunta que considero fundamental:

¿La empresa puede seguir creciendo si todo continúa dependiendo de las mismas personas?

Ese momento marca una diferencia importante.

Porque una organización puede haber sido creada gracias a la capacidad de sus fundadores.

Pero para trascender necesita convertir esa capacidad individual en capacidad institucional.

Crear una empresa y construir una institución no son exactamente lo mismo

Emprender exige energía.

Velocidad.

Decisión.

Capacidad para resolver.

Muchas empresas nacen precisamente porque alguien estuvo dispuesto a hacer lo necesario para que las cosas funcionaran.

Pero llega un momento en el que esa misma forma de operar debe evolucionar.

Lo que inicialmente funcionaba gracias a la memoria del fundador necesita convertirse en proceso.

Lo que dependía de una relación personal necesita convertirse en una relación institucional.

Lo que se decidía intuitivamente necesita incorporar información, criterios y mecanismos que otras personas puedan comprender.

Construir institución significa que la empresa empieza a desarrollar una identidad propia.

Una forma de operar.

Una cultura.

Un sistema de decisiones.

Una capacidad que existe más allá de una sola persona.

El conocimiento debe dejar de vivir únicamente en la cabeza de alguien

Uno de los mayores riesgos de cualquier organización es depender excesivamente del conocimiento tácito.

“Pregúntale a esta persona.”

“Solo él sabe cómo funciona.”

“Ella siempre ha manejado ese cliente.”

“Esa decisión solamente puede tomarla dirección.”

Durante cierto tiempo, esto puede funcionar.

Pero también genera vulnerabilidad.

¿Qué ocurre si esa persona no está?

¿Qué pasa cuando la empresa crece?

¿Cómo se incorpora alguien nuevo?

¿Cómo se mantiene el estándar?

¿Cómo se transmite una experiencia acumulada durante décadas?

Por eso, una empresa que quiere trascender necesita convertir experiencia en conocimiento compartido.

Documentar.

Establecer procesos.

Crear criterios.

Formar personas.

Construir memoria institucional.

No para eliminar la experiencia individual.

Sino para multiplicarla.

El fundador también debe transformar su rol

A medida que una empresa madura, el papel de quien la inició también necesita evolucionar.

En una primera etapa puede estar involucrado prácticamente en todo.

Ventas.

Operaciones.

Finanzas.

Clientes.

Proveedores.

Equipo.

Pero mantener ese nivel de intervención indefinidamente puede convertirse en una barrera.

La pregunta deja de ser:

¿Cómo puedo resolver esto?

Y comienza a ser:

¿Cómo construimos una organización capaz de resolverlo?

Ese cambio parece pequeño, pero representa una transformación profunda.

El liderazgo deja de concentrarse únicamente en hacer.

Comienza a concentrarse en construir capacidad.

Procesos.

Equipos.

Criterios.

Responsabilidad.

Y nuevos líderes.

Trascender exige aprender a delegar autoridad, no solo tareas

Delegar una tarea es relativamente sencillo.

Delegar una decisión es diferente.

Y delegar autoridad requiere todavía más confianza.

Sin embargo, una empresa no puede institucionalizarse si todas las decisiones importantes dependen siempre de la misma persona.

Eso no significa descentralizar absolutamente todo.

Existen asuntos que requieren niveles distintos de responsabilidad.

Pero sí implica construir mecanismos claros:

¿Qué puede decidir cada área?

¿Qué necesita aprobación?

¿Qué criterios deben respetarse?

¿Qué nivel de riesgo puede asumir cada equipo?

¿Qué decisiones pertenecen al directorio o a la alta dirección?

Cuando estos límites están definidos, la organización puede moverse con mayor autonomía sin perder dirección.

La cultura también debe sobrevivir a las personas

Toda empresa desarrolla una cultura.

A veces de manera consciente.

A veces simplemente como resultado de los comportamientos que se repiten durante años.

El desafío aparece cuando intentamos transmitir esa cultura a nuevas generaciones de colaboradores y líderes.

¿Qué principios no deberían negociarse?

¿Qué comportamientos representan realmente a la organización?

¿Cómo queremos relacionarnos con clientes y aliados?

¿Cómo tomamos decisiones cuando existe presión?

¿Qué esperamos de quienes ocupan posiciones de liderazgo?

Estas preguntas son importantes porque la cultura no puede depender exclusivamente de la presencia del fundador.

Si queremos que trascienda, debe convertirse en una forma compartida de actuar.

Eso requiere coherencia.

Los valores no pueden ser solamente palabras.

Deben reflejarse en contrataciones.

Promociones.

Reconocimientos.

Decisiones difíciles.

Y límites.

La cultura sobrevive cuando existe evidencia de ella en la forma en que la organización funciona.

Gobernanza no significa burocracia

Cuando una empresa crece, también necesita mejores mecanismos de gobernanza.

Y a veces esta palabra puede sonar innecesariamente compleja.

Pero, en esencia, gobernanza significa claridad.

Claridad sobre quién decide.

Cómo se toman determinadas decisiones.

Qué información debe revisarse.

Qué responsabilidades tiene cada nivel.

Cómo se supervisan riesgos.

Y cómo se protege el interés de la organización en el largo plazo.

La gobernanza no debería agregar burocracia por sí misma.

Debería reducir dependencia e improvisación.

Una empresa con buenos mecanismos de gobernanza puede tomar decisiones con mayor consistencia incluso cuando cambian las personas que ocupan determinados cargos.

Ese es precisamente uno de sus objetivos.

Formar sucesores no significa escoger una copia

Cuando se habla de continuidad, muchas veces aparece inmediatamente el concepto de sucesión.

Y es importante.

Pero formar sucesores no debería significar buscar una persona idéntica a quien fundó o dirigió la empresa anteriormente.

Cada etapa requiere capacidades distintas.

El líder que construyó la primera etapa de una organización puede haber necesitado gran capacidad comercial y espíritu emprendedor.

La siguiente etapa puede exigir más estructura.

Más tecnología.

Mayor capacidad internacional.

Gobernanza.

Gestión de talento.

O nuevos modelos de negocio.

Por eso, la continuidad no consiste en replicar el pasado.

Consiste en preservar aquello que sigue siendo valioso mientras se desarrollan las capacidades que exige el futuro.

La sucesión debería comenzar antes de ser urgente

Uno de los mayores errores es pensar en sucesión solamente cuando el cambio de liderazgo ya es inevitable.

Formar una persona para asumir una posición de mayor responsabilidad requiere años.

Necesita conocer el negocio.

Entender la cultura.

Construir relaciones.

Tomar decisiones.

Cometer errores.

Aprender.

Desarrollar credibilidad.

Y demostrar capacidad.

Por eso, preparar continuidad no debería ser una reacción.

Debería formar parte de la gestión.

Las empresas más sólidas desarrollan talento antes de necesitarlo.

Identifican potencial.

Crean oportunidades.

Exponen a nuevas responsabilidades.

Y construyen gradualmente una nueva generación de líderes.

Una empresa no trasciende si no puede funcionar sin determinadas personas

Esta es quizá una de las preguntas más incómodas:

¿Qué ocurriría si mañana una persona clave dejara de estar disponible?

Si la respuesta es que una parte importante de la organización dejaría de funcionar, existe una dependencia que conviene revisar.

No se trata de disminuir el valor de las personas.

Todo lo contrario.

Se trata de reconocer que su conocimiento es tan importante que no debería perderse ni permanecer aislado.

Una organización madura debe tener mecanismos para preservar ese conocimiento.

Compartirlo.

Documentarlo.

Distribuir responsabilidades.

Preparar reemplazos.

Construir redundancias razonables.

La continuidad es también una forma de gestión de riesgos.

Trascender también significa saber qué debe cambiar

El legado no consiste en conservar todo.

Una empresa que intenta mantener exactamente las mismas prácticas durante décadas corre el riesgo de convertir su historia en una limitación.

Trascender exige distinguir entre principios y costumbres.

Los principios pueden permanecer.

Las herramientas deben evolucionar.

La cultura puede sostener ciertos valores.

Los procesos pueden cambiar.

El propósito puede continuar.

El modelo de negocio puede transformarse.

Esa capacidad para preservar identidad sin resistirse al cambio es una de las características de las organizaciones que logran mantenerse relevantes durante generaciones.

El nombre del fundador no debería ser el único argumento

En algunas empresas, la confianza del mercado está profundamente vinculada a una figura.

Eso puede ser una enorme fortaleza.

Pero también plantea un desafío.

Con el tiempo, la organización necesita construir una reputación institucional.

Que los clientes confíen en la empresa.

En sus procesos.

En sus equipos.

En sus estándares.

En la capacidad colectiva de responder.

La figura del fundador puede seguir siendo importante.

Pero la marca debe adquirir valor propio.

Ese proceso no ocurre de manera automática.

Se construye cuando cada nueva generación de colaboradores demuestra que la misma responsabilidad, coherencia y calidad pueden mantenerse más allá de una sola persona.

El legado no es permanecer indispensable

Existe una idea de liderazgo que relaciona importancia con dependencia.

Mientras más nos necesitan, más importantes somos.

Pero desde una perspectiva de continuidad, ocurre algo diferente.

Un líder realmente construye legado cuando desarrolla una organización que puede seguir avanzando sin depender permanentemente de él.

Eso no significa desaparecer.

Significa haber construido algo que adquirió vida propia.

Una cultura.

Un equipo.

Un sistema.

Una visión compartida.

Una capacidad de adaptación.

Un grupo de personas preparado para asumir el siguiente desafío.

La empresa como proyecto colectivo

Con el tiempo, una organización deja de pertenecer únicamente a la historia de quien la fundó.

También comienza a formar parte de la historia de quienes trabajan en ella.

De quienes crecieron profesionalmente allí.

De los clientes que confiaron durante años.

De los proveedores y aliados que construyeron relaciones.

De las nuevas generaciones que asumirán responsabilidades.

Ese cambio es importante.

Porque transforma la empresa de un proyecto individual en un proyecto colectivo.

Y un proyecto colectivo tiene mayores posibilidades de trascender.

El verdadero legado empresarial

Durante años, el éxito puede medirse en crecimiento.

Resultados.

Clientes.

Mercados.

Infraestructura.

Pero conforme una empresa madura, aparece otra forma de medirlo.

¿Construimos una organización capaz de continuar?

¿Formamos personas preparadas para dirigirla?

¿Convertimos nuestra experiencia en conocimiento institucional?

¿Creamos una cultura que pueda sostenerse?

¿Desarrollamos procesos que permitan evolucionar?

¿Construimos confianza alrededor de la organización y no únicamente alrededor de determinadas personas?

Para mí, allí comienza el verdadero legado.

No en cuánto controlamos.

Sino en cuánto dejamos construido.

Porque fundar una empresa puede ser el trabajo de una generación.

Construir una empresa capaz de trascender requiere preparar a las siguientes.


Por: Ignacio Roca
CEO del Holding M&M

El talento como ventaja competitiva en la industria turística

Cuando hablamos de ventajas competitivas en turismo, solemos pensar en producto.

Tarifas.

Destinos.

Tecnología.

Acuerdos comerciales.

Capacidad de distribución.

Todos son elementos importantes.

Pero existe otro factor que, en mi experiencia, termina definiendo gran parte de la relación con el mercado:

las personas.

Porque detrás de cada reserva, de cada recomendación, de cada solución y de cada relación comercial existe alguien interpretando una necesidad y tomando una decisión.

Por eso considero que, en turismo, el talento no debería entenderse únicamente como un recurso operativo.

Es una ventaja competitiva.

Una industria basada en conocimiento y servicio

El turismo tiene una característica particular.

El cliente compra muchas veces algo que todavía no ha experimentado.

Compra una expectativa.

Confía en una recomendación.

En una agencia.

En un mayorista.

En un operador.

En una marca.

Por eso, el conocimiento y la confianza tienen un peso enorme.

Una persona bien preparada puede transformar una consulta en una decisión.

Puede detectar una necesidad que el cliente todavía no ha expresado.

Puede anticipar un problema.

Puede recomendar mejor.

Puede resolver una contingencia.

Y puede convertir una interacción comercial en una relación de largo plazo.

Ese tipo de valor no depende únicamente de una plataforma.

Depende de experiencia, criterio y preparación.

El conocimiento acumulado también es capital

Dentro de cualquier organización existe conocimiento que no siempre aparece documentado.

Cómo funciona un mercado.

Qué proveedor responde mejor.

Qué preguntas hacer antes de cerrar una operación.

Cómo reaccionar ante una situación compleja.

Qué detalles pueden marcar la diferencia para un cliente.

Qué errores conviene evitar.

Ese conocimiento se construye con años de experiencia.

Y cuando permanece únicamente en algunas personas, la empresa tiene un riesgo.

Por eso, desarrollar talento también significa encontrar mecanismos para compartir ese conocimiento.

Capacitar.

Documentar.

Acompañar.

Crear espacios de aprendizaje.

Permitir que quienes tienen más experiencia ayuden a formar a quienes están comenzando.

Una organización se fortalece cuando el conocimiento deja de estar concentrado y comienza a convertirse en capacidad colectiva.

Contratar talento es importante. Desarrollarlo lo es más.

Las empresas necesitan incorporar buenas personas.

Pero contratar bien es solamente el comienzo.

El verdadero desafío está en desarrollar.

Una persona puede llegar con conocimientos técnicos y todavía necesitar comprender la cultura, los procesos, el mercado y la forma en que la organización espera servir a sus clientes.

Por eso, la formación debe ser continua.

No únicamente durante las primeras semanas.

En turismo, los destinos cambian.

Los productos evolucionan.

Las herramientas cambian.

Las condiciones comerciales se modifican.

Las expectativas del viajero también.

Si el conocimiento del equipo se mantiene estático, la empresa comienza a perder capacidad competitiva.

Aprender debe convertirse en parte del trabajo.

Capacitar no es solamente enseñar producto

En turismo solemos asociar capacitación con conocimiento de destinos.

Hoteles.

Circuitos.

Experiencias.

Temporadas.

Tarifas.

Todo eso es necesario.

Pero formar talento requiere mucho más.

También necesitamos desarrollar:

  • comunicación;
  • negociación;
  • criterio comercial;
  • capacidad de análisis;
  • gestión de conflictos;
  • tecnología;
  • servicio;
  • liderazgo;
  • toma de decisiones.

Porque saber qué vender es importante.

Saber cómo escuchar, interpretar y resolver lo es todavía más.

El producto puede aprenderse.

El criterio necesita desarrollarse.

La experiencia del cliente comienza dentro de la empresa

Existe una relación muy directa entre la experiencia del colaborador y la experiencia del cliente.

Un equipo que trabaja sin claridad difícilmente puede transmitir seguridad.

Un colaborador que no tiene acceso a la información necesaria tarda más en responder.

Una persona que siente que no puede decidir debe escalar constantemente cada situación.

Y una cultura donde existe temor a equivocarse puede generar equipos que prefieren no actuar.

Por eso, mejorar la experiencia del cliente también implica mirar hacia adentro.

¿Tiene nuestro equipo las herramientas necesarias?

¿Conoce sus responsabilidades?

¿Entiende qué puede decidir?

¿Recibe información a tiempo?

¿Cuenta con apoyo cuando lo necesita?

El servicio externo es muchas veces un reflejo de la estructura interna.

Retener talento también es estrategia

Una empresa puede invertir tiempo y recursos en desarrollar a una persona.

Pero si no construye condiciones para que esa persona quiera permanecer, pierde no solo un colaborador.

Pierde experiencia.

Relaciones.

Conocimiento.

Contexto.

Y capacidad.

Por eso, retener talento no debería depender únicamente de compensación.

Las personas también valoran:

  • oportunidades de crecimiento;
  • confianza;
  • reconocimiento;
  • aprendizaje;
  • autonomía;
  • liderazgo;
  • claridad;
  • sentido de pertenencia.

No existe una fórmula universal.

Pero sí existe una realidad:

las personas tienen más posibilidades de quedarse donde sienten que pueden crecer.

La cultura determina qué talento permanece

Cada empresa atrae y retiene determinado tipo de personas.

Eso está profundamente relacionado con su cultura.

Si una organización premia únicamente resultados individuales, desarrollará cierto comportamiento.

Si valora colaboración, responsabilidad y aprendizaje, construirá otro.

Por eso, cultura y talento no pueden gestionarse por separado.

La cultura define qué comportamientos reconocemos.

Qué decisiones toleramos.

Cómo reaccionamos frente al error.

Qué tipo de liderazgo promovemos.

Y qué personas encuentran un espacio para desarrollarse.

Con el tiempo, la cultura termina convirtiéndose en un filtro.

Ayuda a atraer talento compatible con la organización.

Y también deja claro qué comportamientos no forman parte de ella.

Los equipos de alto desempeño no se construyen solamente con grandes perfiles

Existe una tendencia a pensar que un gran equipo es simplemente la suma de personas extraordinarias.

No siempre es así.

Podemos tener profesionales excelentes y, sin embargo, un equipo que no logra trabajar bien en conjunto.

El desempeño colectivo necesita algo más.

Objetivos claros.

Confianza.

Roles definidos.

Comunicación.

Responsabilidad.

Capacidad para resolver desacuerdos.

Y liderazgo.

Un equipo fuerte no es aquel donde todos piensan igual.

Es aquel donde las diferencias pueden convertirse en mejores decisiones.

Por eso, construir equipo requiere diseñar también la forma en que las personas colaboran.

La tecnología no disminuye la importancia del talento

A medida que incorporamos más herramientas, automatización e inteligencia artificial, aparece una pregunta válida:

¿Necesitaremos menos personas?

En algunos procesos, probablemente necesitaremos menos intervención manual.

Pero eso no significa que el talento pierda importancia.

Significa que cambiará el tipo de valor que esperamos de las personas.

Si una herramienta puede hacer una tarea repetitiva, el equipo deberá concentrarse más en:

  • interpretar;
  • decidir;
  • crear;
  • negociar;
  • resolver;
  • acompañar.

La tecnología eleva el estándar.

Las tareas sencillas pueden automatizarse.

Las capacidades humanas de mayor valor se vuelven todavía más importantes.

Por eso, el futuro del talento no está en competir con la tecnología.

Está en aprender a utilizarla para dedicar más tiempo a aquello que requiere criterio.

Formar líderes es parte de desarrollar talento

No todas las personas quieren dirigir equipos.

Y no todas deben hacerlo.

Pero las organizaciones sí necesitan identificar a quienes tienen potencial para asumir mayores responsabilidades.

Formar líderes requiere tiempo.

No ocurre cuando aparece una vacante.

Comienza mucho antes.

Dando autonomía.

Permitiendo tomar decisiones.

Exponiendo a nuevas responsabilidades.

Acompañando.

Corrigiendo.

Y permitiendo aprender de la experiencia.

Una empresa preparada para crecer necesita construir su siguiente generación de líderes antes de necesitarla.

De lo contrario, cada etapa de crecimiento se convierte en una búsqueda urgente de personas que puedan sostenerla.

El talento también construye reputación

Una empresa puede invertir mucho en posicionamiento.

Pero para un cliente, la marca muchas veces tiene el nombre y la voz de la persona que lo atiende.

Cada interacción construye percepción.

Una respuesta.

Una llamada.

Una solución.

Una recomendación.

Un problema bien gestionado.

Todo eso construye reputación.

Por eso, cuando invertimos en talento, también estamos invirtiendo en marca.

En confianza.

En relaciones.

En la experiencia que el mercado tendrá con nuestra organización.

Las personas son parte de la estrategia

Durante mucho tiempo, la gestión de talento fue vista como una función principalmente administrativa.

Hoy considero que debe entenderse como una función estratégica.

Porque el crecimiento depende de las capacidades que una organización pueda desarrollar.

Podemos tener oportunidades.

Mercado.

Tecnología.

Capital.

Producto.

Pero si no existen personas preparadas para convertir todo eso en resultados, el potencial difícilmente se materializa.

La estrategia define hacia dónde queremos ir.

El talento determina gran parte de nuestra capacidad para llegar.

Una ventaja difícil de copiar

Un competidor puede acceder a un producto similar.

Puede incorporar una herramienta comparable.

Puede ajustar una tarifa.

Puede incluso copiar un proceso.

Lo que resulta mucho más difícil de replicar es un equipo con años de experiencia compartida, conocimiento acumulado, cultura y confianza.

Eso se construye lentamente.

Persona por persona.

Experiencia por experiencia.

Decisión por decisión.

Por eso, en una industria tan humana como el turismo, sigo creyendo que una de las mejores inversiones que puede realizar una empresa es desarrollar a su gente.

Porque cuando las personas crecen, aumenta también la capacidad de la organización.

Y cuando esa capacidad se convierte en cultura, conocimiento y servicio, el talento deja de ser solamente un recurso.

Se convierte en una verdadera ventaja competitiva.


Por: Ignacio Roca
CEO del Holding M&M

Profesionalizar el turismo es construir mejores empresas

Cuando hablamos de desarrollar el turismo, solemos concentrarnos en destinos.

Infraestructura.

Promoción.

Conectividad.

Producto.

Experiencias.

Todos estos elementos son fundamentales.

Pero existe otra dimensión que considero igual de importante y que, muchas veces, recibe menos atención:

la calidad de las empresas que sostienen la industria.

Porque una industria no se profesionaliza únicamente cuando llegan más viajeros.

Se profesionaliza cuando las organizaciones que forman parte de ella desarrollan mejores procesos, elevan sus estándares, fortalecen sus equipos y adquieren mayor capacidad para responder ante un mercado cada vez más exigente.

En otras palabras:

para construir un mejor turismo, también necesitamos construir mejores empresas.

Operar no es lo mismo que construir empresa

Una organización puede funcionar durante años resolviendo cada situación conforme aparece.

Eso permite operar.

Pero construir empresa exige algo diferente.

Exige convertir experiencia en procesos.

Definir responsabilidades.

Medir resultados.

Desarrollar equipos.

Gestionar riesgos.

Crear estándares.

Y lograr que la organización pueda mantener su calidad incluso cuando aumenta el volumen o cambian las condiciones del mercado.

Esta diferencia es importante.

Porque mientras una operación depende muchas veces de determinadas personas, una empresa profesionalizada construye sistemas que permiten que el conocimiento permanezca y se multiplique.

El desafío no es únicamente hacer bien el trabajo de hoy.

Es preparar la organización para hacerlo mejor mañana.

Los procesos no eliminan la flexibilidad

En ocasiones existe la idea de que profesionalizar significa burocratizar.

No debería ser así.

Un buen proceso no existe para agregar pasos innecesarios.

Existe para reducir errores, generar claridad y permitir que las personas dediquen más tiempo a decisiones que realmente requieren criterio.

En turismo trabajamos con muchas variables.

Una reserva puede involucrar diferentes proveedores, condiciones, fechas, documentos, pagos y responsabilidades.

Cuando cada tarea depende únicamente de la memoria o experiencia individual, aumenta el riesgo.

Cuando existen procesos claros, el equipo puede trabajar con mayor seguridad y capacidad de respuesta.

La estructura no debería frenar una empresa.

Debería permitirle avanzar con mayor confianza.

Los estándares construyen confianza

Profesionalizar también implica definir qué nivel de servicio queremos entregar.

¿Qué significa responder bien?

¿Qué tiempo de respuesta consideramos adecuado?

¿Cómo gestionamos una contingencia?

¿Qué información necesita recibir una agencia?

¿Cómo aseguramos la calidad de nuestros proveedores?

¿Qué hacemos cuando cometemos un error?

Estas preguntas convierten una intención en un estándar.

Y los estándares permiten que la experiencia sea más consistente.

Una empresa que ofrece un buen servicio únicamente cuando participa una persona específica todavía tiene una dependencia importante.

Una organización madura consigue que su nivel de servicio sea reconocible independientemente de quién atienda una operación.

Esa consistencia termina construyendo reputación.

La profesionalización comienza por las personas

Ningún proceso funciona sin personas capaces de ejecutarlo.

Por eso, profesionalizar la industria también significa invertir en talento.

Capacitación.

Conocimiento de producto.

Herramientas.

Idiomas.

Tecnología.

Negociación.

Servicio.

Liderazgo.

Y capacidad para interpretar las necesidades de un cliente.

La industria turística cambia constantemente.

Aparecen nuevos destinos.

Nuevos productos.

Nuevas tecnologías.

Nuevas expectativas.

Por eso el aprendizaje no puede ser una actividad ocasional.

Debe formar parte de la cultura de las organizaciones.

El conocimiento acumulado por un equipo es uno de los activos más importantes que puede tener una empresa turística.

La tecnología debe acompañar la profesionalización

Otro elemento esencial es la tecnología.

No como sustituto de la gestión.

Como herramienta para fortalecerla.

Una empresa puede utilizar tecnología para organizar mejor la información, reducir tiempos, automatizar tareas repetitivas y generar mayor visibilidad sobre su operación.

Pero ninguna plataforma reemplaza una estructura clara.

La tecnología funciona mejor cuando existe una organización preparada para utilizarla.

Digitalizar un proceso mal diseñado no necesariamente genera eficiencia.

Por eso, transformación digital y profesionalización deben avanzar juntas.

Primero comprender cómo queremos trabajar.

Después utilizar tecnología para hacerlo mejor.

Profesionalizar también significa medir

Existe una diferencia importante entre percibir cómo funciona una empresa y conocer realmente cómo funciona.

Medir permite entender.

Tiempos de respuesta.

Niveles de servicio.

Rentabilidad.

Errores recurrentes.

Productividad.

Satisfacción del cliente.

Conversión.

Retención.

Cuando una organización comienza a medir, también comienza a identificar oportunidades de mejora.

Los datos no deben utilizarse únicamente para evaluar resultados.

También deben servir para aprender.

¿Qué estamos haciendo bien?

¿Qué podemos mejorar?

¿Dónde existe fricción?

¿Qué proceso necesita atención?

La profesionalización implica reemplazar parte de la intuición por información sin abandonar el valor de la experiencia.

Una industria fuerte necesita empresas financieramente responsables

Hablar de profesionalización también significa hablar de sostenibilidad financiera.

Una empresa no se fortalece únicamente aumentando ventas.

Necesita comprender su rentabilidad.

Administrar correctamente sus recursos.

Evaluar riesgos.

Mantener liquidez.

Planificar inversiones.

Y diferenciar crecimiento de volumen.

En turismo, donde pueden existir factores externos difíciles de prever, esta disciplina es especialmente importante.

Una organización financieramente sana tiene mayor capacidad para responder ante una crisis, invertir en tecnología, desarrollar talento y sostener relaciones con sus aliados.

La estabilidad financiera no es únicamente un objetivo empresarial.

También es una forma de respaldo hacia todo el ecosistema.

La colaboración eleva a toda la industria

Mayoristas, agencias, operadores, proveedores, aerolíneas, hoteles y destinos forman parte de una misma cadena.

El viajero no siempre distingue dónde comienza la responsabilidad de uno y termina la del otro.

Evalúa la experiencia completa.

Por eso, la profesionalización no puede desarrollarse de forma aislada.

Necesitamos mejores relaciones entre empresas.

Información más clara.

Compromisos mejor definidos.

Capacidad para compartir conocimiento.

Y una visión en la que el crecimiento de un actor no dependa necesariamente de debilitar a otro.

Cuando un proveedor mejora, fortalece la operación del mayorista.

Cuando un mayorista mejora, facilita el trabajo de la agencia.

Cuando una agencia mejora, eleva la experiencia del pasajero.

La calidad se transmite a través de toda la cadena.

Competir mejor también significa colaborar mejor

La competencia es necesaria.

Nos obliga a mejorar.

A innovar.

A entender mejor al mercado.

Pero una industria madura también reconoce los espacios donde la colaboración genera más valor que la competencia.

Formación.

Estándares.

Buenas prácticas.

Información.

Representación del sector.

Desarrollo de talento.

Innovación.

Son áreas donde compartir conocimiento puede elevar el nivel general de la industria.

Profesionalizar no significa que todas las empresas trabajen de la misma manera.

Significa que todas comprendan la responsabilidad que tienen dentro del ecosistema.

El liderazgo tiene una responsabilidad adicional

Quienes dirigimos empresas dentro de la industria también tenemos la responsabilidad de mirar más allá del resultado inmediato.

Construir empresas sólidas significa pensar en continuidad.

En talento.

En cultura.

En nuevas generaciones de líderes.

En mejores prácticas.

Y en una forma de hacer negocios que fortalezca la confianza del mercado.

El liderazgo empresarial también debe contribuir a elevar los estándares de la industria.

No únicamente con discursos.

Con decisiones.

Con procesos.

Con inversión.

Con formación.

Y con la manera en que cada organización decide relacionarse con clientes, colaboradores y aliados.

El turismo que queremos depende de las empresas que construimos

Podemos tener destinos extraordinarios.

Podemos realizar grandes campañas.

Podemos incorporar nuevas tecnologías.

Podemos generar más demanda.

Pero para transformar ese potencial en crecimiento sostenible necesitamos organizaciones capaces de administrarlo.

Empresas con estructura.

Con talento.

Con procesos.

Con responsabilidad financiera.

Con capacidad de innovación.

Y con relaciones construidas sobre confianza.

Por eso considero que profesionalizar el turismo empieza mucho antes de que un viajero llegue a un destino.

Empieza dentro de nuestras propias organizaciones.

En cómo trabajamos.

En cómo decidimos.

En cómo formamos a nuestros equipos.

Y en los estándares que estamos dispuestos a mantener.

Una industria fuerte necesita empresas fuertes.

Y elevar la calidad de nuestras empresas es una de las mejores formas de elevar también el futuro del turismo.


Por: Ignacio Roca
CEO del Holding M&M